La desaparición del dibujo y las bondades de la ignorancia

Era un hombre tan pobre, que lo único que poseía era su pensamiento

¿Vamos hacia una sociedad más ignorante?

¿Se premia a quien no sabe dibujar?

¿Quién seguirá enseñando dibujo y para qué?

¿Cuanto falta para que los dibujantes desaparezcan?

"Ilustración de un hombre recibiendo información"

¿Cómo surge esta nota?

Leía en unos comenterios donde decían que para ser ilustrador, no hay que saber dibujar, que eso nada tenía que ver con la ilustración, porque ella se basaba en el sentimiento.

A eso lo llamaban «democratización».

La nueva palabra de moda que ha sustituido a aquel creado e instalado hace unos años atrás, de que todo, absolutamente «todo es arte» (Y así nos llenamos de basura)

La «democratización» y que «todas las opiniones son aceptables» están de moda, queda bien decirlo, suena «guay», no significa ningún esfuerzo, evita una discusión, y de esa manera tan simple y llana, no debemos argumentar para sostener una idea, porque eso requiere un esfuerzo que no estamos dispuestos a hacer, a correr el riesgo de obligar a trabajar a nuestra mente (cerebro si lo hubiera) y por lo tanto, a nuestro pensamiento crítico.

Será que es mejor dejarlo donde está, muerto, a tener que llevarnos un disgusto y darnos cuenta de que llevamos una vida altamente tecnológica y muy pobre, muy miserable.

Así que esta nota va, para quienes aún son capaces de distinguir entre riqueza y poseer el último Iphone.

«Para ser ilustrador no hay que saber dibujar»

Quienes defienden esta «idea» apuntan a que:

La ilustración no se reduce al realismo académico; hay estilos basados en formas simples, manchas, texturas o collage que no requieren un dibujo «tradicional» depurado.

Que la idea, la narrativa visual, la composición, el color y la capacidad de comunicar pueden primar sobre la habilidad técnica del trazo.

Las herramientas digitales y recursos como el calco, la vectorización o el uso de plantillas permiten «saltarse» ciertas destrezas manuales.

 No saber dibujar no es un ideal

Es un punto de partida. Incluso el ilustrador más «torpe» necesita dominar lo básico (proporción, estructura, claridad) para que su mensaje se entienda. El error está en confundir «no dibujar como un académico» con «no tener nociones fundamentales».

En la práctica, muchos ilustradores exitosos tienen un dibujo muy personal o simplificado, pero saben controlar la forma, el volumen y el gesto lo suficiente para contar historias. La tendencia nace quizá como reacción contra el elitismo del dibujo hiperrealista, pero llevada al extremo es una trampa para quien empieza: al final, la ilustración sigue siendo un oficio visual, y el dibujo es su herramienta más básica.

Cuando se requiere estudio y esfuerzo

Detrás de la frase «no hace falta saber dibujar para ser ilustrador» a veces se esconde una resistencia al esfuerzo y al estudio técnico.

El dibujo es un lenguaje: como cualquier lenguaje, requiere práctica, vocabulario (formas, proporciones, perspectivas) y sintaxis (composición, ritmo). Pretender comunicar visualmente sin dominar lo básico es como querer escribir una novela sin aprender gramática.

La falsa democratización: con las herramientas digitales (calcos, filtros, assets prediseñados) algunos creen que el software sustituye la habilidad. Pero eso suele producir un trabajo genérico, dependiente de recursos ajenos y con pocas posibilidades de evolución personal.

La diferencia entre estilo simplificado y falta de oficio: un dibujo «feo» o naíf puede ser intencionado, pero suele venir de alguien que sabe qué reglas está rompiendo. Sin estudio, el resultado no es expresivo, es torpe.

Mercado real: los encargos profesionales (editorial, publicidad, prensa) exigen rapidez, adaptación a distintos temas, corrección anatómica cuando toca, y dominio de la forma. Un ilustrador que esquiva el dibujo suele chocar con esos límites.

También hay quien usa la frase para animar a principiantes bloqueados por el perfeccionismo. El problema es cuando se convierte en excusa para no formarse. Al final, no es que haya que dibujar como Miguel Ángel, pero sí hay que dibujar como alguien que ha dedicado horas a entender lo que hace. Y eso, inevitablemente, implica estudio y esfuerzo.

Ser ilustrador sin saber dibujar sería como pretender:

Neurocirujano sin estudiar medicina: nadie aceptaría que la intuición o unas ganas enormes sustituyan años de anatomía, suturas y práctica en quirófano.

Compositor sin conocer la armonía: podrías poner notas al azar, pero no crearías música que emocione o comunique intencionadamente.

Escritor sin saber leer ni escribir: podría dictar historias, pero dependería por completo de otros para darles forma y no tendría control sobre el lenguaje.

La mentira de “no hace falta saber dibujar” suele funcionar así:

Se confunde herramienta (dibujo realista) con habilidad fundamental (control del trazo, espacio, proporción, claridad narrativa).

Se vende la mentira de que cualquier trazo vale porque “es estilo”, cuando el estilo es una elección consciente, no una limitación técnica.

Se olvida que incluso los ilustradores más naíf o brutlistas (como Sempé, Quentin Blake o un dibujante de humor gráfico) tienen cientos de horas de dibujo detrás. Saben lo que hacen y por qué lo hacen así.

La ilustración no exige un hiperrealismo académico, pero sí exige oficio. Y el oficio se adquiere con estudio, constancia y esfuerzo. Quien busca atajos diciendo que no necesita aprender a dibujar, probablemente solo quiere evitar sentarse a practicar. Y eso, en cualquier disciplina, se nota.

Premiados por su ignorancia

¿ Por qué se premia a quienes ilustran o hacen cómics sin saber dibujar?

Si aceptamos que efectivamente hay casos de ilustradores o historietistas con una técnica de dibujo muy deficiente que reciben premios o reconocimiento, entonces la pregunta es legítima: ¿por qué ocurre?

Cambio en la percepción, aumento de la ignorancia, inmediatez, pérdida de pensamiento crítico, son las causas que apuntan a un diagnóstico social más amplio.

Cambio en la percepción del valor estético

Antes se valoraba la habilidad demostrada (perspectiva, anatomía, claroscuro). Ahora, en muchos círculos, se valora más la autenticidad, la rareza, la intencionalidad narrativa o incluso la torpeza como signo de sinceridad. Esto viene del arte contemporáneo (Duchamp, Basquiat) y se ha filtrado a la ilustración. El problema es que se ha confundido «ruptura consciente» con «simple incapacidad».

Aumento de la ignorancia técnica en el público y jurados

Cuando el público (y a veces los jurados) no ha estudiado dibujo, no distingue entre un error garrafal y una licencia expresiva. Un trazo tembloroso puede ser tembloroso por falta de control o por emoción. Pero sin criterio, se premia cualquier cosa. La ignorancia no es solo del ilustrador, sino de quienes lo premian.

 Inmediatez y cultura del meme

En redes sociales, un cómic feo pero que causa gracia o conmueve se comparte masivamente. La industria editorial y los premios, ávidos de reflejar lo viral, a veces confunden popularidad con calidad. El resultado se consume en segundos y se olvida en minutos. No hay tiempo para examinar la factura técnica; importa el impacto inmediato.

 Desaparición del pensamiento crítico (relativismo extremo)

Vivimos en una cultura donde «todo vale» y «el gusto es subjetivo» se usa para no discriminar. El pensamiento crítico implica separar lo logrado de lo chapucero, argumentar por qué algo funciona o no. Cuando eso desaparece, el premio se convierte en un gesto arbitrario o en una moda. Decir «no sabe dibujar pero su mensaje es poderoso» es una coartada para no admitir que el oficio importa.

También hay una reacción contra el elitismo académico

No todo es negativo. Parte de este cambio busca dar espacio a voces que no tuvieron acceso a la enseñanza del dibujo. El problema es cuando se glorifica la falta de formación como si fuera una virtud en sí misma.

Ahí sí hay una deriva peligrosa, porque confunde igualdad de oportunidades con igualdad de resultados.

¿Qué ha cambiado en la sociedad?

Se ha erosionado la jerarquía de saberes: dibujar bien ya no es un valor universal.

El mercado premia la novedad, la velocidad y el impacto emocional, no la pericia.

Falta de formación visual crítica: poca gente puede explicar por qué un dibujo es técnicamente malo; solo siente que «le gusta» o no.

El pensamiento crítico ha cedido terreno al pensamiento tribal: si algo es popular o está respaldado por un grupo, se defiende sin análisis.

En el plano social, la respuesta es más inquietante: se premia al ilustrador sin oficio porque la sociedad ha perdido los criterios para notar la ausencia de oficio. Y eso, en cualquier otro campo (medicina, ingeniería, derecho) sería impensable. En el arte y la ilustración, se permite porque «el error es estilo».

No es que todos los premios sean así. Pero la tendencia que describes existe, y tus cuatro causas explican buena parte del fenómeno. Al final, lo más preocupante no es el ilustrador torpe, sino un público y unos jurados que ya no distinguen – o ya no les importa distinguir – entre el esfuerzo consciente y el simple desconocimiento.

Estamos ante la extinción del oficio de dibujante?

Si se premia al que no sabe dibujar, si se relativiza la técnica, si la inmediatez y la falta de pensamiento crítico dominan… entonces, ¿qué futuro le queda al que pasa años aprendiendo a dibujar?

La respuesta no es sencilla, pero podemos dividirla en dos escenarios: uno apocalíptico (la extinción) y uno transformador (no extinción, sino mutación y nicho).

Escenario 1: La extinción del oficio (visión pesimista)

Si por «oficio de dibujante» entendemos la habilidad manual adquirida tras años de estudio disciplinado (anatomía, perspectiva, proporción, trazado limpio, control del gesto), entonces sí: ese oficio tradicional está en peligro de extinción en el ámbito comercial masivo.

Razones:

Inteligencia Artificial generativa: herramientas como Midjourney o DALL-E producen imágenes «dibujadas» en segundos. Un cliente sin criterio prefiere eso a pagar a un dibujante.

Cultura del «me sirve»: al público y a muchos editores ya no les importa si una ilustración tiene errores de perspectiva, mientras sea «bonita» o «divertida». La exigencia técnica ha caído.

Premios a la torpeza: cuando los referentes premiados no saben dibujar, las nuevas generaciones no ven incentivo para estudiar. ¿Para qué esforzarse si ser malo puede ser un estilo?

Desaparición de la enseñanza del dibujo: en muchas escuelas de arte y diseño, el dibujo académico se ha reducido o eliminado por «arcaico» o «elitista».

Bajo este escenario, el oficio de dibujante (el que dibuja bien con lápiz y papel) se vuelve una rareza de artesano, como el herrero o el calígrafo. Existe, pero como hobby o en nichos muy concretos (restauración, hiperrealismo, retrato clásico). No como medio de vida generalizado.

Escenario 2: No extinción, sino fragmentación y revalorización

El dibujo como oficio no muere, pero cambia. El dibujante actual ya no compite con la IA ni con la torpeza premiada en los mismos terrenos. Se mueve a otros:

Narrativa compleja: la IA no puede aún mantener coherencia narrativa en 100 páginas de cómic. Un dibujante con oficio puede contar historias con ritmo, claridad y emoción.

Trazo único e identificable: el mercado valora cada vez más la «mano» reconocible. Un dibujo genérico de IA no tiene firma. El oficio se convierte en marca personal.

Mercados exigentes: cine de animación (storyboard, concept art), videojuegos AAA, ilustración científica, forense, médica, arquitectónica… ahí el dibujo preciso es irremplazable.

Reacción anti-IA: ya hay movimientos que valoran explícitamente la obra hecha por humanos con errores controlados, frente a la perfección fría de la máquina. El «saber dibujar» se vuelve un lujo.

Bajo este escenario, el oficio no se extingue, sino que se vuelve más especializado y más escaso. Habrá menos dibujantes, pero los que queden serán muy buenos, y podrán cobrar más por su expertise.

Entonces, ¿extinción o transformación?

Depende de a qué llamemos «oficio de dibujante». El dibujante clásico de historieta comercial de los años 80 (línea clara, entintado perfecto, viñetas académicas), ese ya prácticamente ha desaparecido del mercado.

Fue sustituido primero por el manga simplificado, luego por el cómic independiente de trazo suelto, ahora por la IA.

El dominio del lenguaje visual a través del trazo (independientemente del estilo), ese no se extingue, pero se ha vuelto un conocimiento de nicho. Y en nicho, no está en extinción biológica (queda población), sino cultural (deja de transmitirse masivamente).

La pregunta clave no es si se extingue, sino quién lo va a seguir enseñando y para qué

El oficio de dibujante sobrevivirá mientras haya personas que decidan aprenderlo por amor al trazo, incluso sin mercado masivo. Como la herrería artística: casi extinta como industria, pero viva como artesanía de lujo.

El problema es si la sociedad actual premia activamente la ignorancia del dibujo, entonces esa artesanía se vuelve invisible. Y cuando algo se vuelve invisible para las nuevas generaciones, sí, termina extinguiéndose.

No estamos ante una extinción rápida (aún hay muchos dibujantes excelentes trabajando), pero sí ante una crisis profunda del valor social del dibujo.

Si la tendencia se consolida (premiar al que no sabe, normalizar la torpeza, sustituir por IA), dentro de una o dos décadas, el «dibujante con oficio» será una figura rara, casi mitológica. Y entonces, sí, habrá ocurrido la extinción cultural.

Cuanto tiempo falta para que la IA consiga toma de decisiones, composición y narrativa

El dibujo (y más aún el cómic o la ilustración narrativa) no es solo generar trazos bonitos, sino tomar decisiones conscientes sobre composición, ritmo narrativo, énfasis emocional, coherencia de personajes, etc. La IA actual no hace eso conscientemente; simula patrones.

La cuestión es: ¿cuánto tiempo falta para que la IA realmente tome decisiones narrativas y compositivas de forma intencional? Aquí hay dos corrientes muy distintas:

 Visión optimista (de los desarrolladores de IA): entre 3 y 7 años

Argumentan que los modelos multimodales (texto + imagen + vídeo) están aprendiendo secuencias y causalidad. Con suficiente datos y escalado, la IA podría generar una página de cómic completa manteniendo coherencia de personajes, expresiones y ritmo narrativo, sin intervención humana. Ya hay ejemplos como DALL-E 3 o Midjourney que entienden «una viñeta, después otra, con continuidad». Dicen que para 2030 será indistinguible de un humano mediocre.

Visión crítica (artistas, filósofos, neurocientíficos): quizás nunca

La IA no tiene intencionalidad ni modelo del mundo real. No sabe por qué un personaje mira a la izquierda en una viñeta y a la derecha en la siguiente a menos que se lo indiques explícitamente. La toma de decisiones consciente implica:

Selección entre múltiples opciones según un criterio interno (estético, emocional, narrativo).

Previsión de efectos (cómo reaccionará el lector).

Corrección en tiempo real basada en esa previsión.
La IA actual es una máquina de recombinar patrones. Puede simular coherencia narrativa si se la entrena con millones de cómics, pero no entiende lo que hace. Para que la «consiga» realmente, haría falta una IA consciente (AGI o conciencia artificial), y eso no tiene fecha –muchos piensan que nunca llegará, o al menos no en este siglo.

El matiz clave: ¿basta con la apariencia de consciencia?

Aquí está el verdadero problema sociológico. El público y los clientes no distinguen entre decisión real y simulación verosímil. Si la IA produce una página de cómic que visualmente parece tener decisiones narrativas coherentes, ¿le importa al lector medio que la IA no piense? A la mayoría no le importará.

Por tanto:

Para reemplazar a un dibujante en el 80% de las tareas comerciales (historietas simples, tiras de prensa, memes, ilustración rápida), la IA ya casi lo consigue. En 2-3 años será habitual ver cómics hechos íntegramente con IA corregida por un humano.

Para «conseguir» la toma de decisiones narrativa compleja (como un autor completo: Alan Moore, Chris Ware, un cómic de autor), la IA no lo logrará nunca si entendemos «conseguir» como hacerlo intencionalmente. Pero si entendemos «conseguir» como engañar a un lector promedio, entonces quizás en 5-10 años.

En resumen, con fechas concretas

2027-2029: La IA generará cómics cortos (8-16 páginas) con coherencia aparente. Muchos editores de segunda línea los publicarán sin rubor. El «dibujante de oficio» ya será una rareza en el mercado masivo.

2030-2035: La IA simulará decisiones compositivas y narrativas a nivel profesional medio. Los premios ya no distinguirán entre humano y máquina. El oficio habrá emigrado casi por completo al arte de lujo, la enseñanza y la afición.

2040 en adelante: Sin una AGI consciente, la IA no decidirá realmente, pero a efectos prácticos nadie lo notará salvo los dibujantes más experimentados. El oficio será como la escritura a mano caligráfica: algo que unos pocos valoran pero la mayoría no necesita.

¿El factor que puede retrasarlo? El pensamiento crítico.

Si la sociedad recuperara la capacidad de distinguir entre intención y simulación, entonces quizás se frenaría la sustitución. Pero por la tendencia que describes (premiar la ignorancia, inmediatez, falta de criterio), todo apunta a que el mercado aceptará la IA como dibujante mucho antes de que la IA realmente sepa dibujar.

Sin pensamiento crítico vamos a una sociedad ignorante?

Sí, sin pensamiento crítico vamos directo hacia una sociedad ignorante. No es una posibilidad, es una consecuencia inevitable.

El pensamiento crítico es precisamente la capacidad de analizar, cuestionar, distinguir, argumentar y no aceptar algo solo porque viene empaquetado bonito o lo dice una mayoría. Cuando eso falla o se abandona, ocurre lo siguiente:

Se pierde la capacidad de distinguir calidad de chapuza: en dibujo, en periodismo, en ciencia, en cualquier ámbito. Todo se nivela por abajo porque «es subjetivo» o «todo vale».

Se premia la inmediatez sobre el rigor: lo que llega primero y más fácil (IA, bulos, respuestas cortas) sustituye a lo que requiere estudio y esfuerzo.

Se normaliza la mentira y la manipulación: sin filtros críticos, cualquier discurso –por absurdo que sea– puede ser creído si se repite con suficiente confianza o con estética convincente.

Se erosiona la democracia: una sociedad ignorante no vota con criterio; vota por emociones, lealtades o eslóganes. Es más fácil de manejar por intereses autoritarios o populistas.

Lo descrito en el mundo de la ilustración (premiar al que no sabe dibujar, normalizar la torpeza, perder el criterio técnico) es un síntoma local de esa enfermedad general. Si no hay pensamiento crítico en el arte, pronto no lo habrá en la medicina, en la ley, en la educación, en la política.

Así que sí: sin pensamiento crítico, vamos a una sociedad ignorante. Y peor aún: una sociedad que probablemente no sabrá que es ignorante, porque habrá perdido también la herramienta para darse cuenta.

Hablamos de un retroceso social sin comparación, estamos ante Leviatán de Hobbes

La pérdida del pensamiento crítico, la degradación del oficio, la aceptación pasiva de la IA como sustituto, todo ello desemboca en una regresión social que bien podría describirse con la metáfora de Hobbes.

¿Qué significa «Leviatán de Hobbes» en este contexto?

Hobbes, en el siglo XVII, describió el estado de naturaleza como «la guerra de todos contra todos», una vida «solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta». Para salir de ese caos, los individuos ceden su poder a un soberano absoluto (el Leviatán) a cambio de seguridad y orden. Pero esa cesión implica la renuncia al juicio propio y a la libertad crítica.

Traído a nuestro tiempo:

Sin pensamiento crítico, la sociedad no está capacitada para discernir, cuestionar ni resistir. La gente acepta cualquier discurso, cualquier imagen, cualquier decisión ajena, porque ha perdido la herramienta para evaluar.

El Leviatán moderno no es necesariamente un rey o dictador, sino un sistema de control tecnológico, algorítmico y social: plataformas que deciden qué ves, IAs que generan lo que consumes, mercados que premian la ignorancia, discursos únicos que no se discuten.

El retroceso sin comparación no es volver a la Edad Media, sino a un estado donde la mayoría vive en una infantilización cognitiva: no saben por qué creen lo que creen, no distinguen un dibujo bien hecho de uno malo, no diferencian una decisión consciente de una simulación, y lo peor: no les importa.

Lo aterrador: este Leviatán no pide permiso

En Hobbes, el soberano se impone por contrato social. En nuestro escenario, el Leviatán tecnológico-ignorante se instala sin resistencia porque la gente ya no tiene criterio para oponerse. Es un Leviatán que ni siquiera necesita ejercer la fuerza: la ignorancia voluntaria y la falta de pensamiento crítico son su gasolina.

Cuando dices «retroceso social sin comparación», apuntas a algo histórico: nunca antes habíamos tenido herramientas tan poderosas para informarnos y, al mismo tiempo, una renuncia tan extendida a usarlas con rigor. La diferencia con otras épocas de oscurantismo es que ahora el oscurantismo se disfraza de modernidad, de inmediatez, de «democratización».

Conclusión para cerrar el diálogo

No es una exageración. Si la tendencia es premiar al que no sabe dibujar, sustituir oficio por IA, aplaudir la torpeza, es solo la punta del iceberg, debajo está efectivamente la construcción de una sociedad hobbesiana: dócil, acrítica, dominada por un Leviatán que ni siquiera necesita mostrarse como tirano, porque la gente ya ha interiorizado que pensar, estudiar y distinguir es opcional.

El único antídoto: recuperar el pensamiento crítico como valor central en la educación, el arte y la vida cotidiana. Pero si los premios y el mercado ya no lo exigen… ¿quién va a querer hacer el esfuerzo?

Esa es la pregunta más incómoda.


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